Es sábado, 18 de noviembre a las 13:23h, cuando recibo una llamada inesperada…

Hoy os voy a contar una de esas anécdotas que te ocurren una vez en la vida y que jamás habrías imaginado que podía pasarte a ti. Y aunque he de reconocer que hubiera estado mejor que me hubiese llamado Esperanza Spalding para salir de gira, en esta ocasión no hubo tal suerte… eso sí, fue el mismísimo James Carter el que me llamó básicamente ¡para nada! y me refiero, obviamente, al saxofonista, no al nonagenario ex-presidente de los Estados Unidos de América.

El caso es que, debido a la inminencia del lanzamiento de mi disco SOÑAR, llevaba varias semanas sin hacer deporte en absoluto -a pesar de que mi cuerpo y mente lo pedían a gritos-, pero como hay que priorizar y no todos los días se tiene la suerte de sacar un disco adelante y, menos aún, que sea el fruto de un premio, tenía que volcarme en esos quehaceres (preparar partituras, contratar músicos, una pequeña rueda de prensa, organizar el único ensayo para la presentación del disco debido a que la mitad de la banda vive actualmente fuera de Bilbao, etc…)  A lo que iba, que estaba yo pagando mi cuota del gym y mis clases de Muay Thai “como un verdadero campeón” y sin asistir a ni una sola sesión en el mes de noviembre “como cualquier hijo de vecino”. Total que al final, por más tareas que tuviera aún por hacer, me decidí a ir al gym, aunque sólo fuese a correr en la cinta un rato, el sábado 25 de noviembre al mediodía.

Allí estaba yo, dándolo todo sobre la cinta haciendo un entrenamiento de intervalos de baja/alta intensidad, y robando Wifi del gimnasio mientras escuchaba a través de los auriculares esta comparación de flautas tan interesante cuando, de repente, se pausa todo y me suena una llamada entrante de un número desconocido: ¡Debe ser trabajo!

Ya sabe el músico que cuando en su móvil ve una llamada entrante y el número no está registrado en la agenda sólo puede ser una de estas dos cosas: … o es trabajo… o es Vodafone rogándole que vuelva a contratarlos

¿Sí? ¿Quién es? – Soy Xxxx, ¿te acuerdas de mí? nos conocimos en un concierto tuyo el año pasado, me han pasado tu teléfono porque al parecer también reparas saxofones. – Sí, claro que te recuerdo y sí, entre otras cosillas también reparo saxofones. ¿Qué te ocurre? – Pues mira, es que estoy aquí con James Carter y por lo visto debe habérsele roto algo en uno de sus saxos. ¿Hablas inglés? él quiere hablar contigo… – Me defiendo, pero me pillas en el gimnasio, encima de la cinta corriendo, dame unos minutos que me recomponga y te llamo fuera de este recinto, que la música “motivadora” suena a volumen atronador en la sala y no voy a poder entenderle nada.  Unos minutos más tarde, después de abortar la sesión y recuperar el aliento: – ¿Hola? Soy Abraham, pásame a James, a ver qué le ha pasado… Y en este momento me saluda fugazmente el señor Carter y me espeta “Yo normalmente viajo con mi personal de reparación pero en esta ocasión no ha podido ser así” y va directamente al grano: me explica que su saxo alto tiene algún problema con la espiga del tudel y el recibidor del mismo.   Intuyo que habrá sido un golpe y que habrá perdido la forma cilíndrica o que el tornillo que fija estas dos piezas ya no puede hacer su función por algún motivo (a veces se rompe, otras se pasa de rosca, otras se dobla porque está muy expuesto a golpes…) Me hago cargo de que hay un problema, de que es un músico profesional con un concierto en mi ciudad esa misma noche y de que no puedo saber de qué se trata hasta que revise el saxo en persona.   Me vuelve a pasar a la persona de contacto y le ofrezco amablemente cambiar mi mañana libre y deportiva por abrir las puertas del taller sólo para James Carter. Pero claro, ella está entre la espada y la pared, y me dice: – ¿Y no podrías pasar por el hotel y mirar el problema del saxo? – A ver, pues podría pasar por el hotel (y pienso: podría ir corriendo, y así acabo lo que empecé jajaja), pero no podré hacer más que una diagnosis del problema. Seguramente me harán falta herramientas o maquinaria para reparar el tudel. Lo suyo es que traigáis el saxo al taller, lo revise allí, diagnostique bien el problema y os dé un presupuesto del arreglo. Así valoráis si os compensa o no. Seguimos con la burocracia: me pasan a su Road Manager que James tiene en su gira por España. Al habla un señor muy cercano y simpático que me explica: – Acabamos de aterrizar en Bilbao y vamos a registrarnos en el hotel. De camino le pregunto a James qué pasa con el saxo -que todavía no me he enterado- y ahora te vuelvo a llamar con lo que sea.

En la ducha

– ¡Ok! como le decía a tu compañera lo suyo es que traigáis el saxo al taller, lo revise allí, diagnostique bien el problema (que allí tengo herramientas y máquinas adecuadas) y os dé un presupuesto del arreglo. Así valoráis si os compensa o no. Espero tu llamada, mientras me voy a la ducha para estar listo cuando digáis…

Unos 15 minutos después vuelve a sonar el teléfono: – Mira, me dice James que está muy cansado y que si puedo llevar yo el saxo al taller. – Claro que sí, pero al fin y al cabo el interesado es él, y quién puede probarlo bien, después de hacerlo yo mismo, es él. Y desde luego él es el único que me puede decir, una vez yo resuelva el problema, si el saxo está “a su gusto”. – Ok, lo entiendo perfectamente. Lo hablo con James y te vuelvo a llamar en unos minutos. – “Ok”   A estas alturas mi cara debía ser algo así…

Resignado

Finalmente me vuelve a llamar el Road Manager y me comunica: – James dice que al final va a dejar el saxo tal y como está, te paso con Xxxx, ¿ok? – Abraham, ya siento las molestias, ¿te gustaría venir al concierto? – Pues la verdad es que hoy tengo una cena, pero ya había avisado a los amigos hace días de que iba a pasar por el concierto de James por verlo con su grupo, haciendo su música. – ¿Quieres que te deje unas entradas a tu nombre por las molestias? – Ok, con una es suficiente… ¡muchas gracias! Aquí es donde me quedé con cara de tonto. No porque finalmente no me fuese a traer el saxo, que lo respeto y entiendo (e incluso agradezco mucho esa entrada a mi nombre), sino porque a veces uno se vuelca en exceso en el trabajo y termina descuidándose a sí mismo y a los seres más queridos y cercanos.   Pero a ver, que no soy tonto (y eso que por norma no compro en MediaMarkt), me refiero a que hubiera sido bueno para el negocio que el señor Carter hubiese aparecido por mi humilde taller, hacer la foto de rigor y todas esas cosas que “hay que hacer” para prosperar… pero no sé en qué pudo pensar en ese transcurso de esos minutos para abortarlo todo. ¿Quizás él quería un arreglo de su saxofón express y a domicilio? ¿quizás está acostumbrado a una reacción aún más complaciente por parte de la gente a quien él contacta? ¿Quizás soy un paleto y a los famosos no hay que hablarles de presupuestos, que debe ser algo descortés? Aunque supongo que probablemente estuviera tan sumamente cansado que pensó -como diría mi padre- “Vamos a dejar el Mundo correr…”   Esto nunca lo podré saber pero el próximo día: ¡yo no me bajo de la cinta! jejeje ????

Correr

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